NARRACIÓN REFLEXIVA POR UN SACERDOTE DE UN CASO VERÍDICO:
“¡Ay de aquellos que hagan daño a uno de mis pequeños!”
IN REFLEXIONES-CANDIL /
BY VICTORIMISION / ON 21 SEPTIEMBRE, 2014 AT 12:50 AM /
Amanecía en la bella localidad
guipuzcoana de Hondarribia. Casi nadie por la calle. Algunos ya se habían
levantado para ir a trabajar o a los centros de estudio. En lo alto de una
muralla se encontraba, sentado, un niño que contemplaba el aún oscuro cielo
mientras dudaba si debía llevar a cabo aquello que llevaba días pensando.
Recordaba el dolor sufrido durante, por lo menos, un año, el tiempo
transcurrido desde aquella fatídica jornada en la que, por no poder acceder al
baño (durante las clases estaban cerrados) se hizo de vientre encima. Fue entonces
cuando comenzó todo, aquel 15 de septiembre de 2003 se fue a casa llorando.
Primero fueron las risas de sus compañeros del Instituto Talaia, donde
estudiaba, posteriormente desprecios como no querer sentarse a su lado o gestos
como si oliese mal cuando pasaba delante de sus compañeros de clase, aquellos
que antes habían sido amigos suyos. El curso discurrió entre burlas, insultos,
collejas. Además, el muchacho veía como le hacían el vacío en los recreos.
Antes había participado en los juegos que se organizaban durante las horas de
recreo, ahora comenzaba a sentir la soledad, casi sin darse cuenta la oscuridad
había llegado a su vida.
Finalizó el curso, comenzó el verano.
Jokin, como se llamaba, fue a un campamento con compañeros de clase,
entre los cuales se encontraban algunas de esas personas que le
hostigaban en el colegio. A pesar de los meses transcurridos desde aquel
15 de septiembre, sus compañeros seguían burlándose de él, burlas que se
acompañaban de collejas e insultos. Llevaban casi un año sometiéndole a una
situación de violencia y acoso escolar que iba cambiando el semblante de un
niño hasta entonces risueño y extrovertido. Es probable que Jokin ya tuviera
lesiones psicológicas al finalizar el curso 2003-2004. En aquel campamento, fue
sorprendido, junto a sus acosadores, fumando porros. A simple vista, quien no
conozca el tema, podría pensar que lo hizo conscientemente. Yo he sufrido acoso
escolar, sé lo que es que te obliguen a hacer algo que no quieres “pues si no te
cosemos a collejas”. Por ello siempre he tenido la teoría de que le obligaron a hacerlo.
Máxime si tenemos en cuenta que, cuando el monitor escribió a los padres para
advertirles sobre lo que habían hecho sus hijos, Jokin fue el único que no
interceptó la carta, por lo que sus padres se enteraron de lo ocurrido. Esto
provocó que la madre de uno de sus acosadores acusase a Jokin, hablando con su
madre, de haber “roto la armonía del grupo de amigos por no esconder la carta”. Nefasta actitud, desde luego.
Pero, como veremos, padres de algunos de los acosadores trabajaban en el
Instituto Talaia.
Tal como cuento en mi artículo “Jokin: cuatro años después” durante el verano
Jokin sufrió algún intento de agresión además de constantes insultos cuando se
encontraba por la calle con sus hostigadores. Pero fue tras el 11 de
septiembre, una fecha marcada como maldita en el inconsciente colectivo, cuando
el niño se vio cuesta abajo y sin frenos. Finalizaban las
fiestas de Hondarribia con el tradicional Alarde. Jokin, que formaba parte de una compañía musical,
vio como sus compañeros de cuadrilla (alguno perteneciente a su propia
compañía) le sometieron a golpes provocándole moratones. Los siguientes días
las palizas continuaron, con la participación no sólo de los nueve jóvenes que
serían condenados (y posteriormente absueltos), sino de otros agresores que se les
unieron. Todo esto fue minando la ya débil resistencia psicológica de Jokin, un
muchacho sensible a quien le estaban haciendo un daño terrible, algo que ningún
niño debería padecer.
Comenzó el curso el 14 de septiembre.
Ese día le sometieron a una brutal paliza consistente en collejas y bofetadas.
Al día siguiente padeció otra paliza en el gimnasio, cuando chavales de todo el
instituto le cosieron a balonazos (con balones medicinales, quién los ha
utilizado saben el daño que pueden hacer si te golpean). Escribía en mi
artículo que “Creo que aquel día Jesús sufrió con él y por los pecados de quienes
conducirían a la muerte a Jokin”, pues en esos días, como sabemos, se celebraba la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. Llegó el
15 de septiembre, acaso el día en que la humillación se elevó a su grado
máximo. Era la fecha en que se conmemoraba el aniversario de la “cagada”
de Jokin. Hay que tener muy mala leche y ser muy mala persona para hacer lo que
aquellos chavales hicieron ese día. Llenaron toda la clase de papel higiénico y,
cuando Jokin entró al aula, le tiraron rollos de papel higiénico (al modo de
los hinchas en el fútbol) ante la risa general de todos los alumnos. Para
colmo, posteriormente, la profesora obligó a Jokin a recoger todo el papel en
medio del jolgorio personal. El niño comenzó a sentirse derrotado, había
perdido toda esperanza y las lesiones psicológicas eran demasiado fuertes para
un muchacho de tan sólo 14 años de edad (hubiera cumplido quince el 24 de
septiembre). Quizá en aquel duro momento, en medio del llanto interior, tomó la
decisión que posteriormente llevaría a cabo. Aquel día era miércoles. El jueves
no fue a clase, el viernes tampoco. Escribía en mi artículo que, posiblemente,
se fue a recorrer con su bicicleta las calles de su pueblo y, quien sabe, quizá
a inspeccionar la muralla, buscando algún lugar donde no le pudieran encontrar
cuando todo hubiera acabado. Quería, ante todo, evitar el sufrimiento a los
suyos, por ello no dijo de lo que le ocurría hasta el crítico momento. Pensaba
que de otra manera quizá su familia iba a sufrir más si descubrían lo que
estaba viviendo en el Instituto o, posiblemente, no quería ser acusado de
chivato (no lo olvidemos, era un niño). Desde el instituto llamaron a sus
padres para notificar que el chico no había acudido a clase. Fue entonces
cuando Jokin contó lo que le estaba ocurriendo a sus padres, quienes le
instaron a denunciar a sus agresores. Pero el niño, muerto de miedo, les
respondió de una manera cruda y clara que refleja el sufrimiento interior que
estaba experimentando: “¿Qué queréis, que me maten a hostias?”. Perdonadme que cite
textualmente, a veces la realidad hay que contarla en toda su verdad, por muy
dura que sea y aunque haya cosas que nos desagraden. Creo que es una frase que
refleja la desesperación que Jokin tenía cuando la expresó, quizá en esas siete
palabras se reflejó la rabia y el sufrimiento interior que estaba viviendo.
El 20 de septiembre, con la venia de
sus padres y del instituto, no acudió a clase. Al día siguiente se había
convocado una reunión en el instituto con la otra parte: los agresores y sus
padres. Siempre me ha sorprendido que la única decisión que tomó el instituto,
acaso el único consejo, fue decir a Jokin “el martes llévate el móvil, por si
tienes problemas”. Diez años después
me sigo preguntando, y lanzo la pregunta al aire, como harían los profetas
bíblicos: ¿No hubiera sido mejor la expulsión de los alumnos agresores? ¿No os
dais cuenta de que, aún hoy, seguís enviando a Jokin (los niños acosados
actualmente) al matadero? Permitir que los agresores permanecieran, impunes,
en el instituto fue, como dije en su momento, “enviarle, temblando como un
corderito, ante la jauría de lobos que le esperaban lamiéndose las fauces”. Hace falta saber mucho de
psicología para conocer la mente de una persona adulta, cuánto más para poder
ayudar a un muchacho de apenas 14 años de edad que tenía un fuerte trastorno disociativo que provocó una reacción depresiva aguda cuya
evaluación hubiera precisado una terapia, dirigida por un psiquiátrica, con el
fin de ayudarle a superar los efectos de la experiencia traumática vivida.
Aquella tarde conversó por última
vez, con una amiga suya, dándole señales de lo que iba a ocurrir. Hablaban
sobre las agresiones que había padecido, mostrando impotencia “Yo no puedo darles,
porque luego será peor“. El resto de la conversación, según informó el Diario Local, aparentemente giró en torno a cuestiones
propias de adolescentes, pero Jokin iba intercalando comentarios de índole muy
diferentes como “Adiós reina mía, yo ya no pinto nada aquí, mi
vida es una ruleta que da vueltas perdiendo el control, cuando me marche no me
olvidaré de ti”. Posteriormente, haciendo referencia a la clase de religión comentó que “Habrá que morirse
para saber” y “Me voy a tirar
por la muralla a ver qué pasa después de morir, ya te visitaré si palmo”. Pero
una frase cruda que refleja especialmente su impotencia fue “Prefiero morir como
un cobarde que vivir cobardemente“. Quizá esta chica no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo o,
podría ser, no veía capaz a su amigo de llevar a cabo su plan. Lo último que
hizo Jokin, antes de acostarse, fue escribir en su Chat de Internet: “Libre, OH
libre seré cuando paren mis pies”.
Probablemente aquella noche no
durmió, seguramente pensando sobre su decisión, consciente del gran dolor que
iba a causar a sus seres queridos. Pero, seguramente meditaba, había sufrido
demasiado para ser tan sólo un niño ¿Qué había hecho para merecer tanto
sufrimiento? ¿Como era posible que sus compañeros, antaño amigos, fueran tan
crueles con él? Miedo, rabia, impotencia, lágrimas, cuerpo dolorido, eso
había sido su vida durante, al menos, un año. Todo eso le había provocado un
fuerte trastorno psicológico que le hizo incapaz de ver otra salida. Alrededor
de las 6 de la mañana se encaminó, con su querida bicicleta como única y última
compañera, en dirección a la muralla. Subió por uno de los laterales, tomó
impulso, corrió, se le pasaron miles de recuerdos por su cabeza, momentos
felices también, pero sobreabundaban (debido al daño psicológico) los malos
momentos, aquel 15 de septiembre de 2003 con las burlas de sus compañeros
cuando llegó a clase con el pantalón manchado, el tortazo que le propinó Olatz,
las risas de Asier mientras vigilaba que no llegase ningún profesor cuando le
pegaban, los puñetazos de Hodei, los empujones de Josu, también cuando Hodei
que le rompió el aparato de ortodoncia, las “chetas” (tortazos) de Iker y Ion,
las burlas y collejas de sus compañeros de clase, el silencio cómplice de los
demás. Siguió corriendo, lleno de rabia y dolor, los ojos llenos de lágrimas y
el cuerpo cubierto por un sudor frío, acompañado de un fuerte estremecimiento.
Había saltado, todo se terminaba. O quizá no, quizá Dios, que es un Padre justo
le acogió en su inmensa y Divina Misericordia. Al fin y al cabo Jokin era tan
sólo un niño que ya no era dueño de sus actos, le controlaba el trastorno
psicológico que otros le habían provocado. Libre, OH libre seré cuando
paren mis pies, lo había dejado escrito. Su cuerpo fue encontrado a las siete
de la tarde. Días después se manifestaron miles de personas en Hondarribia con
el lema “Nik Jokin” (Yo soy Jokin). Todo aquello provocó una fuerte conmoción
social pues la sociedad empezó a darse cuenta de que lo que ocurría en los
colegios e institutos, aquello que muchos llamaban “un juego de niños” era en
realidad una situación de violencia y acoso escolar,. como hemos visto, había
aguantado mucho.
Nadie en el instituto supo (o quiso) ayudarle. Los profesores,
tres de los cuales eran padres de los agresores) hicieron la vista gorda, como
se supo en el juicio, ante las constantes agresiones y, además, le humillaron
públicamente. Sus compañeros de clase o bien se metían con él o bien no se
atrevían a defenderlo. Fallaron a Jokin, le fallaron sus profesores, le
fallaron sus compañeros, le falló la sociedad. Esa misma sociedad que sigue
fallando, a día de hoy, a los niños que padecen acoso escolar. Jokin podría
haber recurrido antes a su familia, por supuesto, pero el miedo a represalias
le paralizó, además no quería que sufrieran por saber lo que estaban viviendo y
que las personas que debían tutelarle durante las horas escolares no hacían
nada por ayudarle. Esto le ocurre hoy en día a un 23% de nuestros menores
de edad, les estamos fallando, como hicimos con Jokin. Aún hoy sigue habiendo
colegios que, ante una situación de bullying optan por cambiar al niño acosado
de centro ¿Acaso Jokin tenía que ir a clase pidiendo perdón a sus agresores por
ser inocente? ¿Acaso los niños que hoy sufren acoso y violencia escolar son
culpables de sufrir lo que viven a diario? No. Más bien habría que decir, en el
caso de Jokin, que los ocho chavales reconocidos como agresores le incitaron al
suicidio, se lo provocaron, aunque, como hemos visto, hubo más, pues en el
acoso y violencia escolar participaron alumnos de todo el Instituto Talaia e
incluso otros jóvenes del pueblo.
Pese a que los políticos prometieron
planes para prevenir y actuar ante el acoso escolar, en los últimos diez años
han sido los estudiantes que se han quitado la vida debido a este drama social.
Además son muchas las personas que padecen trastornos psicológicos debido a las
consecuencias del acoso y violencia que viven en las aulas. Como he
comentado, durante los últimos meses de 2004 y también en 2005 la sociedad
experimentó una fuerte convulsión. En Hondarribia se manifestaron más de 15.000
personas (en un pueblo de 20.000) con el lema “Nik, Jokin (Yo soy Jokin) cuyas
imágenes se pueden ver en el Txoko de Jokin. Muchas personas comenzaron a darse cuenta
del drama social que es el acoso escolar y también muchos, quienes lo hemos
sufrido, por fin pudimos poner nombre a la realidad que vivimos en colegios e
institutos: bullying o acoso y violencia escolar. De alguna manera la muerte de
Jokin ha servido para concienciar a una sociedad que antes veía esas
situaciones como “un juego de niños” y pensaba que era normal que el gordito o
el “friki” fueran despreciados y/o marginados por sus compañeros. Aún queda
mucho por hacer, pero se están haciendo cosas sobre las que me gustaría
escribir en próximos artículos.
En este artículo he querido recordar
a Jokin, sobrino de un periodista, quien se
suicidó en su querida Hondarribia hace ya diez años. Imagino que este domingo
21 de septiembre, como en los años pasados, se oficiará una misa funeral en la
iglesia de la Marina. Fue
un niño inteligente, buen estudiante, un muchacho sensible a quien le llevaron
hacia un precipicio que no pudo superar. El acoso escolar deja profundas
huellas no sólo físicas, sino sobre todo a nivel psicológico y emocional, que
pueden durar toda la vida. Secuelas psicológicas que un niño, si no pide ayuda,
no puede por sí solo afrontar. Después de Jokin vinieron otros menores que se
quitaron la vida debido al acoso escolar. También ha habido casos de colegios
que tomaron la nefasta decisión de cambiar al acosado de centro, en vez de expulsar
a los agresores. Pero también hay cada vez más iniciativas como el proyecto
BeatBullying y otros similares que forman a menores para que actúen como
tutores de compañeros suyos más jóvenes, ayudando con ello a prevenir el acoso
escolar.
Siguen siendo muchos los niños que
padecen acoso y violencia escolar en España. Demasiados, aunque también diría
esto si tan sólo hubiera un caso en nuestro país. Los Jokin de hoy
están clamando pidiendo que les ayudemos. Yo en su momento le hice una promesa
a Jokin, y quiero renovarla. Pondré todas mis fuerzas para combatir y ayudar a
erradicar lo que considero una de las peores lacras que padecen los niños
españoles: el acoso escolar. Dijo Jesucristo “Ay de aquellos que hagan daño a
uno de estos mis pequeños…”, pues yo lanzo ese mismo grito a través de estas
letras, pero no sólo dirigido hacia los agresores, sino al conjunto de toda la
sociedad. Pues todos, con nuestros actos, con la pérdida de valores, con los
silencios, con las frases estúpidas carentes de significado alguno (“juego de
niños”, “siempre ha habido gente en clase a la que pegaban o de la que se
reían”…), repito, todos somos culpables de que siga existiendo acoso y
violencia escolar. Y todos somos responsables de luchar por erradicarlo. Se lo
debemos a Jokin, Cristina, Daniel, Carla, Albi y tantos otros que vieron sus
vidas truncadas debido al acoso escolar, o a sus consecuencias.
Nik Jokin. Yo soy Jokin, al menos lo
fui durante ocho años. Como franciscano seglar debo defender a los más débiles,
los niños lo son, especialmente si padecen una forma de violencia así. No te
preocupes, amigo Jokin, quiero ayudar a erradicar tal como te prometí el acoso
y la violencia escolar. Descansa en paz, Jokin. Finalizo pidiendo a los
lectores una oración por Jokin, por todos los niños que han muerto
víctimas del acoso escolar y también por todos los que a día de hoy lo padecen.
NOTA MÍA: estoy especialmente sensibilizado con este tema porque yo de alguna manera en mi etapa escolar también lo padecí.
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