ARGENTINA
Otra señal de aislamiento e ilegalidad
Por Joaquín Morales Solá | LA NACION
La única guerra que Cristina
Kirchner no había previsto era contra la ONU , la organización más
poderosa de la comunidad internacional.
Rotos los lazos con aliados históricos y
estratégicos, en el momento de mayor aislamiento de la Argentina desde 1983 y
con la paciencia agotada en muchas capitales, el duro documento de la ONU sobre la reforma judicial
se convirtió en paradigma y símbolo. Sirve para medir la amplitud de la soledad
y para establecer hasta qué punto es ilegal una reforma que terminará borrando
cualquier noción de independencia de la justicia argentina.
Al revés de lo que dice el furioso y rústico
documento de réplica del gobierno argentino, la relatora especial de las
Naciones Unidas, la brasileña Gabriela Knaul, demostró haber estudiado cada proyecto enviado por la Presidenta a su domesticado Parlamento
. Apuntó, con precisión, contra las dos reformas más importantes: la que
cooptará al Poder Judicial para la corporación política reinante y la que
convertirá a los argentinos en víctimas permanentes de su Estado.
A esa tragedia democrática se llegará con la
elección partidaria de los miembros del Consejo de la Magistratura y con
las limitaciones de las medidas cautelares, que resguardaban a los ciudadanos
de las decisiones de los gobiernos hasta la decisión definitiva de la Justicia.
Esas decisiones son inconstitucionales, porque
violan varios artículos de la
Constitución argentina, tanto del viejo texto como del nuevo
de 1994. La relatora Knaul agregó ahora que también son violatorias de varios
artículos del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que la Argentina ha suscripto.
Knaul subrayó que la reforma judicial argentina "no respeta los estándares
internacionales" de la necesaria independencia de los jueces. Idioma
diplomático para decir que no es bueno que una democracia transforme en pobres
empleados a sus jueces. Jueces que podrán ser nombrados, ascendidos, echados o
sumariados según la coloratura política del poder que haya ganado la última
elección presidencial.
En los últimos 30 años de democracia, nunca la Argentina había sido
reprendida de semejante manera por las Naciones Unidas. Una política exterior
sin conducción y sin dirección, colocada al arbitrio de los humores
presidenciales, logró que una organización tan influyente como cauta hasta lo
insoportable se cansara de los gobernantes argentinos. En efecto, las Naciones
Unidas es un organismo burocrático que contempla pesos y contrapesos de tal
manera que es muy raro que se pronuncie a tiempo sobre los zafarranchos de un
gobierno. ¿Será éste otro pergamino para la década ganada?
No puede ignorarse otro hecho curioso. Un
gobierno que dice haber abierto nuevos caminos internacionales en la defensa de
los derechos humanos se ha enfrentado en los últimos tiempos con las comisiones
de derechos humanos de las dos organizaciones internacionales más importantes
para el país: la OEA
y las Naciones Unidas.
Hace poco, en marzo, la Argentina contribuyó a
que no se cerrara, como debió suceder, el debate abierto por Ecuador y
Venezuela sobre el destino de la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos. Esta comisión trabaja en el seno de la OEA y de ella depende la Relatoría de Libertad de
Expresión, a cargo de la prestigiosa jurista colombiana Catalina Botero. El
gobierno argentino no veía con buenos ojos ni a la comisión ni a su relatoría
sobre la libertad de la acosada prensa latinoamericana. Disimuló, al final,
pero encontró una fórmula para que esos organismos de la OEA estén en discusión
permanente.
Ahora se enfrentó con una relatoría de las Naciones
Unidas que también depende de organismos que existen para defender los derechos
humanos. La Cancillería
argentina replicó a la relatora Knaul reprochándole su presunta falta de
"prudencia y moderación". El gobierno argentino ha convertido en arte
la estrategia de pedirles a los otros lo que él no hace. Pero el encontronazo
es significativo, sobre todo, por su contradicción. ¿No es, acaso, el mismo
gobierno que pondera un día sí y otro también los méritos de las Naciones
Unidas y que promueve el acatamiento irrestricto a sus postulados? ¿No es eso
lo que hace vez que habla de las islas Malvinas y le exige al gobierno
británico que cumpla con las indicaciones de las Naciones Unidas? Las Naciones
Unidas son como los jueces argentinos: resultan muy buenos cuando siguen la
dirección de los funcionarios cristinistas, pero se convierten en
"ilegítimos y corporativos" cuando contradicen la voluntad que manda.
La reforma judicial de Cristina Kirchner es un
problema político e institucional, pero el corazón de su debilidad es que
carece de legalidad, dentro y fuera del país. Anteayer, la Corte Suprema de
Justicia se reunió, en su encuentro semanal de acuerdos, y el presidente del
cuerpo, Ricardo Lorenzetti, confirmó que debió advertir seriamente al gobierno
sobre las disposiciones que derrocaban a ese tribunal como cabeza del Poder
Judicial. "Eso no debía pasar. Y si hubiera pasado, yo no me habría
quedado para convalidar el atropello", dijo Lorenzetti confirmando una
información de LA NACION
del viernes último. "Nos íbamos todos", sintetizó otro miembro de la Corte.
La
Corte trató en esa reunión los temas que más le preocupan
ahora. Uno de ellos refiere a que el gobierno se llevó, a través del Consejo de
la Magistratura,
la designación de jueces subrogantes, que era una facultad de la Corte y de las cámaras.
El gobierno kirchnerista ha sido históricamente deficitario en la
designación de jueces para cubrir las plazas vacantes; un 30 por ciento de los
juzgados nacionales está vacante. Es probable que, en adelante, el Gobierno
sólo cubra los juzgados que necesita con jueces subrogantes amigos.
El otro tema es el de la
Escuela Judicial, cuyo consejo académico estaba antes
integrado por catedráticos notables y era presidido por el juez de la Corte Juan Carlos
Maqueda. El Ministerio de Justicia se llevó directamente la conducción
académica de esa escuela que forma a los futuros jueces. Otro potencial
conflicto tratado fue la conversión de los ahorros del Poder Judicial, unos
5000 millones de pesos, en recursos del presupuesto que podrían ser canjeados
por bonos del Tesoro.
La Corte Suprema
no dijo una sola palabra sobre la constitucionalidad de la elección partidaria
de los miembros del Consejo de la Magistratura ni sobre la limitación de las
cautelares. No quiere prejuzgar ni colocarse al borde de la recusación. Pero
adelantó, en su carta al presidente de la Cámara de Diputados, que tendrá la última palabra
sobre la constitucionalidad de esas decisiones.
Las mismas decisiones que las Naciones Unidas acaban de acusar de ir contra
la letra y el espíritu de esenciales tratados internacionales sobre derechos
humanos. Cristina Kirchner descubrirá, más pronto que tarde, que darse todos
los gustos conlleva el maleficio que condena a los políticos a carecer de un
destino.
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